• La historia de Lola Maidana, quien pasó de ser alumna a profesora y hoy acompaña a nuevas generaciones en el Centro Deportivo Güemes.
• Un testimonio sobre cómo las Escuelas de Verano forman vínculos, valores y vocaciones que perduran en el tiempo.
En el corazón del Centro de Desarrollo Deportivo Güemes, entre risas, chapuzones y juegos bajo el sol, hay historias que trascienden la temporada de verano. Una de ellas es la de Lola Maidana, quien alguna vez cruzó ese mismo portón con una mochila más grande que ella y hoy vuelve a recorrerlo como profesora, acompañando a nuevas generaciones de niños y niñas.
Cada mañana, Lola recibe a los chicos con la misma ilusión que tuvo cuando era pequeña. Ese pasaje —de alumna a formadora— resume el espíritu de la escuela: un lugar donde se siembran experiencias, vínculos y valores que perduran en el tiempo.
“Fui alumna de la Escuela de Verano desde chica. Mi mamá era administrativa en una escuelita y desde los cuatro años empecé y nunca más salí de ahí. Siempre fue mi base para llegar a donde estoy hoy, siguiendo lo que me gusta”, recuerda Lola.
Para ella, Güemes no fue solo un espacio recreativo, sino un lugar formativo que marcó su camino profesional. “Vivía mucho la naturaleza, la pileta, amaba socializar con gente. Siempre me crucé con profes excelentes que me dieron herramientas y ahí me di cuenta que eso era lo que quería para mi vida”, señala con emoción.
Hoy, desde su rol, busca replicar esa experiencia con los más chicos. “Me gusta estar con los niños, enseñarles, divertirnos y darles el lugar para que puedan expresarse y encontrarse de la forma más linda, así como lo viví yo”, destaca.


Un equipo que apuesta a la formación y los valores
Detrás de este camino también está el acompañamiento del equipo del centro. Walter, coordinador de la Escuela de Verano, recuerda cómo Lola pasó de ser alumna a integrar el staff.
“Cuando supimos que Lola estaba estudiando el profesorado de Educación Física, hablamos con ella y le contamos nuestras metas y la forma de trabajar en equipo dentro de la Agencia y específicamente en este Centro. Ella aceptó y ya hace un par de años que trabaja con nosotros”, explica.
Para Walter, el sello del trabajo no está solo en las actividades deportivas, sino en la construcción de vínculos. “Lo que más nos gusta transmitir con Viviana, es el compañerismo. Queremos que los chicos disfruten, aprendan y se lleven valores que les sirvan tanto para el futuro como para la vida cotidiana”, remarca.

Más que una escuela de verano
Entre pileta, juegos de agua, deportes y jornadas especiales, la Escuela de Verano sigue consolidándose como un espacio de aprendizaje, recreación e inclusión.
La historia de Lola sintetiza lo que busca el programa: que los chicos no solo pasen un buen verano, sino que encuentren un lugar donde crecer, pertenecer y proyectarse.
Hoy, cada vez que acompaña a un grupo hacia la pileta o arma una ronda de juegos, Lola no solo guía a los chicos con una sonrisa en la cara: también devuelve, en forma de enseñanza, afecto y vocación, todo lo que alguna vez recibió en ese mismo lugar.

